Cuando pierdes el rumbo

Cuando pierdes el rumbo

Otra familia monomarental. Otra nueva historia de dolor, de desesperación. Pero también otra historia de superación. Una nueva lectora quiere compartir con todos una parte de su historia, quiere seguir poniendo voz y dando visibilidad a estas situaciones que todas callan. Sólo así podrán conocerse, sólo así se harán visibles. No estás solas, somos muchas a tu lado.

 

Soy familia monoparental y madre separada. Quizá para el estado pueda serlo por elección, pero la realidad es que lo soy por obligación. Tuve que separarme en pleno embarazo de mi hija, la situación se había vuelto insostenible hasta el punto de ser él o yo. Mucho me dijeron anteriormente pero yo nunca quise verlo, hasta que no tuve más remedio.

En mi cabeza sólo retumbaban las palabras que me dijeron en un momento determinado:

“Hazlo, denúnciale. Tú vales mucho más que todo esto y cuando nazca tu hija las cosas tampoco van a cambiar, no esperes a que sea aún más tarde”.

Día sí y día también las recordaba… hasta que decidí dar el paso. [piopialo]Decidí luchar por mí, por mi hija, por el respeto que merecíamos[/piopialo], porque creo en el amor y quería que mi hija también pudiese creer, porque una relación de ese tipo no lleva a ningún lado salvo al daño. Decidí luchar pero con esa decisión me llevé el segundo batacazo… me convertí en un expediente más. Pasé a ser una más en la cola, una vida rota más que tiene que esperar burocracias, una mujer destrozada que iba de ventanilla en ventanilla para poder solucionar, para poder dar carpetazo y comenzar una nueva vida. Con 20 años, el alma rota, el corazón herido y una hija en el vientre pasé a sumar un número de expediente más para el estado. Un caso más del que tramitar papeles.

Por suerte ya me encontraba de baja también en el trabajo y tuve el tiempo suficiente para hacer cada una de esas colas. Un trabajo por cierto bastante precario, apenas podía cubrir gastos, pero al fin y al cabo tenía una fuente de ingresos que sólo dependía de mí, por poco que fuese. Incluso la pensión por violencia de género me la denegaron, no tenía muchas opciones y tampoco tenía muy claro qué sería de nuestro futuro. [piopialo]Ya no tenía hogar, ni casa… ya no podía vivir en ella[/piopialo]. Cada rincón de esa casa me devolvía un recuerdo demasiado doloroso como para poder soportarlo. Cada ruido más alto de lo normal hacía que me sobresaltara y estuviese alerta. Ya no podía vivir así, eso ya no era una hogar.

Pasó el tiempo, mi hija nació pero la situación no mejoró para ninguna de nosotras. Ni anímicamente ni económicamente. Todo se volvió muy complicado. Ni siquiera una pensión de alimentos digna que pudiese cubrir mínimamente las necesidades de mi hija… 50 euros mensuales recibía. ¿Qué hace un bebé con 50 euros al mes? Pero lo peor estaría por llegar. Mi incorporación tras la baja maternal fue un bonito despido, me quedé sin trabajo y volvemos al turno de la cola, esta vez para poder cobrar la prestación por desempleo. Seis meses de prestación y después ya se vería, habría que buscar urgentemente más soluciones, nuevas opciones que difícilmente iban a llegar.

Mientras tenía mi prestación por desempleo, una vez más cambiaron cosas, cambiaron de nuevo requisitos para la ayuda familiar, así que al terminar esa prestación ya no tenía derecho tampoco a esos 426 euros, creyeron que 126 euros era más que suficiente. La desesperación me consumió por completo. Ya no sabía qué hacer, no sabía cómo salir adelante, me encontraba en un pozo del que no podía ver la luz. En medio de tanta desesperación opté por un centro de acogida para mujeres, pero tampoco resultó una buena opción. Ahí pasé siete meses que fueron un infierno para nosotras, no tenía libertad ni poder de decisión. Cada día despertaba y veía muchas caras que no conocía de nada, pero eran mis compañeras de centro, mujeres que como yo habían necesitado ayuda. Despertar rodeada de extraños no es fácil ni agradable, no se lo deseo a nadie en la vida.

familiamono

Después de siete meses vi un poco de luz. Conseguí un nuevo empleo aunque esta vez fue por tres meses. Con este contrato tocaba abandonar el centro de acogida, así que mi niña y yo felizmente pudimos tener un piso para nosotras solas. Pero como dice el dicho en la casa del pobre la alegría dura poco. Se termina el contrato, de nuevo problemas y más problemas para las prestaciones, me siguen negando la ayuda familiar pero los gastos, sobre todo con un bebé no bajan… los ahorros se consumieron. Comenzaba de nuevo la gran desesperación, y con ella volvió a brillar otra luz. Otro contrato… otro contrato pero temporal que anunciaba el alivio de hoy y la desesperación de mañana. Pero obviamente había que aprovecharlo, otros tres meses de sueldo no se pueden rechazar, había que sobrevivir… y había que ahorrar para cuando ese sueldo llegara a su fin. Y eso sucedió, llegó a su fin pero no sólo eso. Esta vez no recibí mis papeles a tiempo, así que la gran ayuda de 126 euros que tenía también me la quitaron. Por no entregar unos papeles que a mí no me daban. Los empresarios tienen muchos más derechos que los trabajadores de a pie o eso me dieron a entender.

Llegó septiembre y mi hija no tenía ni el chándal para ir al cole. Es triste decirlo pero así fue.

Si no es por una persona, que a día de hoy sigue en el anonimato mi hija no hubiese tenido chándal, ni cuadernos.. nada. Pero un ángel anónimo quiso que mi pequeña tuviese lo que necesitaba, y se lo pagó. Todavía no sé quién ha sido.

Con el fin del último contrato y los ahorros ya consumidos llegó el momento que yo más temía. Se hizo la realidad la pesadilla que cada noche me permitía conciliar el sueño. Ya no tenía para el alquiler del piso. Era pagar el alquiler o que mi hija tuviese comida que llevarse a la boca, y ahí yo no tengo elección. Tuve que dejar de abonar la mensualidad. Pero no sólo reduje por ese lado, yo también dejé de comer. Era mi hija o yo y la respuesta estaba muy clara. La consecuencia fue que comencé a desmayarme por todos sitios, no hay cuerpo que resista con medio vaso de leche y medio vaso de agua al día, es imposible. Mi vida y salud estaba en riesgo pero yo no tenía otra opción, tenía que comer mi pequeña. Y muchos organismos quisieron ayudarme, pero también tengo la desgracia de padecer una celiaquía que no me permite comer cualquier clase de alimentos. Lo que me ofrecía yo no podía consumirlo o enfermaría aún más.

A raíz del impago como era de esperar pasamos por un desahucio. Mi hija ya tenía tres años, pero a esa corta edad tuvo que observar, sin entender nada, cómo personas extrañas sacaban sus cosas de la que fue su casa hasta ahora. No había protección, ni para mi hija ni para mí. Estábamos sin un duro y ahora además, en la calle. Así que tuvo que suceder lo que quería evitar, el regreso a casa de mi madre. Para mí el regreso no era agradable. Ir a casa de mi madre no es como puede serlo para otras personas.

Por suerte alguien decidio sonreírme. Conseguí un nuevo trabajo. Eran muchas horas por muy poco dinero, pero volvíamos a tener de dónde responder. Me las tuve que apañar para vivir con mi hija por 300 euros mensuales. Y sí estaba en casa de mi madre, pero es que ahí también me cobraban alquiler, así que seguía en el mismo pozo a pesar de tener un pequeño ingreso. En esos momentos incluso te planteas la prostitución, no ves salidas, pero hacer algo así también implica perder a tu hija y eso no te lo puedes permitir. También me planteé pedir en la calle, pero igualmente cosas así me iban a costar la custodia de mi niña. Me veía sin salida, no llegaba y no podía hacer mucho más.

Que me expliquen cómo hacerlo. Que me expliquen por qué las familias monoparentales estamos tan desprotegidas.

¿Para qué se llenan la boca con anuncios contra el maltrato, animando a denunciar estas situaciones si después cuando lo haces sólo te dan la espalda? ¿Por qué tantos muros y tan poca ayuda para estas situaciones?

Así ha sido mi historia. Mi historia pasada…

A día de hoy he conseguido rehacer mi vida, vuelvo a sonreír y a ser feliz y mi niña sigue creciendo a un ritmo increíble. Por desgracia no ha tenido la infancia perfecta que me hubiese gustado darle, pero seguimos juntas y somos felices. [piopialo]La vida siempre tiene una nueva oportunidad cuando menos la esperas[/piopialo].

Gracias por compartir una parte de tu vida, quizá de las menos bonitas y de las más dolorosas. Gracias por enseñarnos que las madres separadas no siempre lo somos por elección, también podemos serlo por completa obligación. Si tú que nos lees también eres una madre separada, te invitamos a nuestro grupo de apoyo en facebook.

2 comentarios sobre “Cuando pierdes el rumbo

  1. el escuchar sus historias me llenan de fuerza y valor para seguir adelante, vivo día a día en una pena muy fuerte. donde mi motor y motivo, son mis hijos.

  2. Me he separado después de 37 años casada,tengo 55 estoy regular de salud de tanto aguantar .estoy muy baja de moral, triste,y agotada ,necesito ayuda.

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