Cuéntalo. NO es NO

Cuéntalo. NO es NO

Nos gustaría deciros que ésta es una historia ficticia, de una mujer imaginaria que ha relatado una historia para significar y dejar claro que no es no. Sin embargo, esta es una historia real, de una mujer real, que ha querido compartir con nosotras un pedacito de su vivencia personal. 

Una mujer que ha tenido que hacer un recorrido arduo y de mucho trabajo personal para poder llegar a entender que ella solo fue una víctima más. Como muchas otras. Y que quien agrede y viola la voluntad de una mujer, es el único culpable…

Testimonio

“Hace 22 años me violaron. Tenía 15 años y él 18. Nos conocíamos de vista, eran las fiestas del barrio y él se fijó en mí.

Era uno de esos chicos por los que todas suspiran, guapo y un poco malote. ¡Y se había fijado en mí! Una amiga y yo estuvimos parte de la noche con él y sus amigos. Yo no bebía, pero me tomé un par de copas para no desentonar.

A las 3 de la mañana mi amiga decidió irse para casa, pero yo me lo estaba pasando bien y decidí quedarme con ellos y seguir la fiesta. Fiesta que empezó a desmadrarse con mucho alcohol y drogas.

Me asusté, yo no quería seguir bebiendo y mucho menos tomar ninguna clase de droga. Quise irme y él me dijo que no me preocupase por nada, que estaba con él y no me iba a pasar nada. Me besó, y me dijo lo guapa que era. “Eres diferente. Eres especial”. No necesitó mucho más para que yo me relajara.

Tenía 15 años y confié en él. ¿Que podía pasar?

Seguimos bailando y bebiendo y se hizo de día.
Cogimos un taxi para volver a casa. Me sentía mareada y con ganas de dormir. Cuando me quise dar cuenta estaba en un descampado cerca de su casa y me estaba besando y manoseándome.
Le dije que no. Le pedí que parara. Y lo hizo.

Me acompañó a casa y me pidió subir a beber agua. Y le dejé subir. ¿Que por qué? ¿y por qué no? A pesar de decirle que no, me había acompañado hasta casa para que no me pasara nada por el camino. Era un buen chico. Era de fiar.

Había conseguido un ambiente de confianza y me fui a mi habitación mientras él bebía agua.
Vino detrás mío y cerró la puerta tras de sí.
Me sonrió y me empujó encima de la cama. Me puse nerviosa y me levanté. Él me volvió a empujar y esta vez me sujetó de los hombros y me obligó a tumbarme.

Le pedí que parase. Recuerdo decirle: “Me estás asustando. Para por favor“. Él solo sonreía y me decía que no fuera cría y disfrutase.

Me bajo los pantalones y las bragas a la vez, de un solo movimiento. ¡Ras! Hasta los tobillos. No podía creer lo que estaba ocurriendo. Le dije que no. Le rogué que no. Pero él solo sonreía. Se puso encima de mí y comenzó a besarme y a manosearme los pechos.

Yo quería vomitar, quería llorar, quería gritar… Y no podía hacer nada. Mi mente se bloqueó y mi cuerpo también. Volví a decirle que no, con un hilo de voz le dije que era virgen y su respuesta fue “alguna vez tiene que ser la primera“. Me tapó la boca con su mano sudada y me penetró.

Tenía 15 años…

Cerré los ojos y me dejé hacer. Cada vez que los abría le veía embistiendome y sonriendo. Cerré los ojos e intenté hacer lo mismo con el resto de mis sentidos. Escapar de allí para que solo violase mi cuerpo, pero no lo conseguí.

Fue rápido, afortunadamente aquello duró unos minutos aunque a mí me pareciera una eternidad.

Me penetró en mi cama, una de esas camas con peluches por todos partes, y un gran oso blanco con un lazo rosa que me había regalado mi padre, nos miraba. Me penetró y eyaculó dentro de mi mientras me escupía. Me moría de asco, de vergüenza y culpabilidad.

Se vistió y se marchó sin más, dejándome tirada y rota como si no valiese nada.

Me levanté y me fui a la bañera. Estuve horas allí, estaba tan sucia, olía tan mal… Me arañé todo el cuerpo con la esponja hasta teñir el agua de rojo.
Quería morirme. Quería huir. Todo es culpa mía. Todo es culpa mía. Me lo repetí hasta creérmelo.

Todo es culpa mía. Todo es culpa mía. Me lo repetí hasta creérmelo.

Solo tenía que haber gritado y todo se hubiera acabado. Mi hermano dormía un par de habitaciones más allá. Él me hubiera salvado de ese animal. Pero no fui capaz de hacerlo, inconscientemente quise protegerle y hoy la culpa la sigue masticando de vez en cuando… Haber estado allí tan cerca, ignorante de todo y sin poder hacer nada.

Yo ya no. Ahora sé que no es no. En cualquier situación y lugar sé que mi cuerpo es mío. Mi voluntad es mía. Y la culpa es de él.

No denuncié y hoy por hoy me lo sigo encontrando por el barrio. Yo llevo la cabeza alta y él me mira y sonríe. Yo le sostengo la mirada y escupo a su paso, aunque me tiemblen las piernas.

Recuérdalo siempre: NO es NO.

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