El duelo afectivo. Etapa de NEGOCIACIÓN (II)

El duelo afectivo. Etapa de NEGOCIACIÓN (II)

Como expusimos en el primer artículo sobre el duelo hay varias fases en este proceso de aceptación y cambio. Tras la ruptura, tenemos una serie de síntomas que provocan gran malestar. Sin embargo, no todos pueden considerarse disfuncionales, sino que tienen su utilidad. Entendiendo esto nos ahorramos las segundas valoraciones (“estoy triste, porque me veo triste”; “me enfada sentirme enfadado”; “soy estúpido por sentirme culpable”; etc. Comprender, nos ayuda a no asustarnos ni a dramatizar.

No hay un tiempo fijo establecido para superar una ruptura. Las etapas ni siguen un orden concreto ni duran lo mismo para todos los que están afrontando un duelo.  

Por otro lado, es importante señalar que no hay que transitarlas todas de forma lineal, sino que pueden solaparse (esa sensación de que estás en varias de ellas a la vez) o repetirse (creer que habías dejado una atrás cuando vuelves de nuevo a ella).

 

Las etapas son emociones que tendrán su función de ayudarnos, si aprendemos a gestionar su intensidad o frecuencia para que no nos invadan o nos bloqueen.

 

Veamos la siguiente: fase de negociación con la realidad. Aunque vuelvo a recalcar que no todo el mundo sigue este orden, ni pasa absolutamente por todas las etapas.

FASE DE NEGOCIACIÓN CON LA REALIDAD (esperanza ilusoria, autoengaño). “Si yo hubiera…”,  “Si yo hiciera…”, “Si me da otra oportunidad, demostraré…”

Nos encontramos con personas que quieren revertir esta situación y están dispuestos a entregar algo a cambio.  Un cambio de actitud, de trabajo, de dedicación, de rol, de relación, de gustos e intereses.  Pueden ser promesas divinas, íntimas o compartidas. Puede haber propuestas de soluciones, ruegos de otra oportunidad, sugerencias. Estamos totalmente dominados por el miedo y haremos cualquier cosa por no enfrentarnos a él, por no sentirlo. Preferimos cambiar nuestra esencia que perder aquello que precisamente nos obligaría a ir contra ella para que se quede: ¿Merece la pena cambiar para no perder a quien no le gustamos, ni nos quiere tal y como somos? Totalmente absurdo.

En esta fase todavía seguimos no queriendo admitir que todo se ha terminado ya que muchas veces recurrimos a hacer un verdadero escaneo de lo que ha sido nuestra relación buscando nuestros errores. Si nos vemos como culpables, si somos nosotros los que no hemos hecho bien algo, los que hemos dejado de.., los que hemos sido demasiado ”Y”…, insuficientemente “X”, podremos corregir esos errores y supuestamente recuperar el afecto-interés-relación.

Estos reproches son normales y pasajeros hasta que caemos en la cuenta de que nada dura para siempre, que las parejas duran lo que duran y de que nadie está obligado ni a quererse ni a aguantarse

Sabemos que el pasado no se puede cambiar, pero creemos que si modificamos nuestra conducta ahora y en el futuro, conseguiremos que la “pesadilla” cese. Nos planteamos, entonces, ser más cariñosos, más atentos, más activos sexualmente, menos quejicas, criticones, mandones. Prometemos que cuidaremos más y mejor la pareja y no volcarnos tanto en los hijos. Nos proponemos: mejorar aquello que se nos ha criticado durante tiempo; nos forzamos a que nos guste aquella actividad que al otro le encanta y nosotros no soportamos; ocultamos nuestra propia verdad con tal de encajar con las expectativas del otro. Nos cambiamos a su guión, asumiendo incluso un personaje que ni nos va, ni nos gusta por temor, muchas veces, a protagonizar nuestra propia película.

Todo esto no es más que algo ilusorio y muy desgastante, pero sobre todo inútil. Sólo es una estrategia de nuestro MIEDO AL ABANDONO, para adaptarse a la otra persona, a sus opiniones, a sus juicios, a sus gustos.

Pero la pareja auténtica no funciona así. Si tenemos que cambiar aquello que en nuestro interior no sentimos la necesidad de hacerlo, simplemente por recuperar a esa persona, ese supuesto amor, mejor ahorrémonos el tiempo y el trabajo y cambiemos de rumbo y de acompañante vital.

El cambio por supuesto es posible. Nadie es esclavo de su pasado ni de sus rasgos. Pero para que podamos transformarlos, debemos ser honestos con nosotros mismos y reflexionar sobre lo que de verdad queremos ser.  ¿Cómo quiero ser? ¿Qué me gusta de mí y qué no, independientemente de si cuadra o no con los gustos o juicios del otros que tengo al lado? Cambiar una característica personal por miedo a la crítica, a la retirada de afecto es anularnos como persona, desvalorizarnos y perder toda dignidad. Nos humillamos, suplicamos afecto, porque pensamos que no nos lo merecemos por ser tal y como somos. Entonces nos sentimos culpables y empezamos el autocastigo y la penitencia de las mil y una promesas de cambio (impuesto, fingido y artificial).

Se apodera de ti una sensación enorme de culpabilidad, incluso de rechazo o aversión hacia ti mismo. Te castigas por todos tus defectos y por cualquier comportamiento que consideres que ha podido precipitar el final.

En esta etapa nos podemos escuchar diciendo cosas como: “Dame otra oportunidad”, “Esto va a cambiar”. “No me hagas esto”. “Me muero si me dejas “. “Hazlo por los niños”. “Dime qué quieres que haga y lo haré”. “Sé que ha sido mi culpa y haré cualquier cosa por arreglarlo y compensarte”…

Pensemos bien: ¿Cómo podemos mendigar amor, trato sincero y honesto si nosotros mismos nos autoengañamos, no nos aceptamos tal y como somos, si vamos contra nuestra esencia por el simple hecho de gustar y retener al otro?

Cuando empecemos a tener estos pensamientos y se nos queden pegados a nuestra cabeza durante días, tomemos aire, distanciémonos de ellos y pensemos con la cabeza y no con la emoción del miedo (al fracaso, al qué dirán, al abandono, a la soledad, a la responsabilidad, a la incertidumbre, a empezar de nuevo, al dolor….). Si la relación no estaba funcionando siendo yo como quiero ser, como soy, ¿ de verdad creo que va a ser posible que lo haga desde “mi nuevo y falso YO” desde mi EGO? ¿Qué recorrido tiene eso? ¿Cuáles son los costes emocionales? ¿Dónde queda mi dignidad?

 

Doble golpe: pérdida de la persona y del orgullo/dignidad.

Entonces hay que trabajar duelo y autoestima.

 

A este respecto, os pongo unas pinceladas de unos párrafos de Walter Riso de su libro “Ya te dije adiós, ahora cómo te olvido”.

 ¿A qué esperar? ¿A que decida amarte?

Si ruegas y suplicas, obtengas la atención de tu ex, pero será una atención negativa, con lástima o fastidio, y supongo que no es lo que buscas y necesitas. ¿Amarías con alegría a una persona que amenaza con suicidarse si no la amas? Esta presión destruiría hasta el último vestigio de amor sano.

Si amenazas con quitarse la vida y el resultado siempre fue negativo. Los ex entraban en pánico y sentían una profunda aversión y rechazo. Recuperar la pareja por miedo a que hagas una locura es una locura. El amor plañidero, quejumbroso y doliente es, además de patológico, insoportable. Insisto: si están contigo por pesar, mejor estar solo o sola. Sentir piedad no es sentir amor. Si quieres llorar, hazlo (desahogarse es saludable), pero trata de hacerlo a solas o con alguien de confianza que te quiera de verdad. No des la impresión de ser una víctima necesitada de condolencias: duelo y dignidad no son incompatibles.

No digo que haya que reprimir el sentimiento negativo, pero hay dolencias que para ser procesadas adecuadamente deben mantenerse en el ámbito de lo privado. Si quieres, revuélcate por tu habitación, grita hasta que te estallen los pulmones, insulta a la foto de tu ex.

 Hay cosas que no están en venta, aunque te duela el alma. Eres un ser dotado de racionalidad, libertad y capacidad creativa.  

Si ya no te aman, saca a relucir el autorrespeto.

Luchar hasta machacarse para que una relación salga adelante solo vale la pena si ambos integrantes de la pareja están implicados en el combate. En el amor se lucha en pareja o se abandona el ring. Cambia de lucha: que la «reconquista» se vuelque en ti mismo o en ti misma. Procesar la pérdida adecuadamente conlleva, al menos, dos transformaciones esenciales del «yo» que se sienten intensamente: una mayor libertad interior y una nueva visión del mundo. Ya no te atarás a nadie y tu mirada no será la misma.

 Yo sé que estás de luto interior y exterior: tu cuerpo, tu postura y tus gestos lo acreditan. Te duele todo. Pero, aun así, deberías probar un cambio de perspectiva, así el sufrimiento no te deje en paz y la mente parezca haberse congelado. Inténtalo: si ya se fue y no quiere regresar, ¿no sería más coherente festejar la ruptura? ¡Te quitaste de encima a alguien que no te ama! ¡Ya no estarás esperando el renacimiento de una flor marchita! Que te importe un rábano si te amó alguna vez, hoy no te ama, y con eso basta.

 

La pregunta sería otra: ¿Hay algo en mí, en mis actitudes y comportamientos que me gustaría cambiar únicamente por mejorar como persona, esté o no esté con mi pareja, se quede o se vaya?

 

Por tanto, en esta etapa tenemos:

  • Pensamiento central: “es por mi culpa”, “lo he fastidiado”, “si no hubiera dicho eso”, “si hubiera actuado de tal forma”, “aún puedo recuperarle si cambio cosas…”
  • Función positiva: la culpa o más bien la responsabilidad puede ayudarte a cuestionar algunos de tus comportamientos tóxicos, movilizarte hacia otros más productivos o impulsarte al cambio personal por y para uno mismo. Pero no la culpa como castigo, sino como aprendizaje de algo que yo mismo considero mejorable o evitable. Mejor hablar de responsabilidad.
  • Peligro: creerte absolutamente responsable del fin de la relación, olvidar que existen más variables explicativas y que no puedes tener absoluto control sobre la relación. Hay que tener cuidado con los pensamientos obsesivos que nos dejan anclados en esa fase y en esa emoción. Aquí, una vez más, el papel del círculo cercano de confianza es fundamental para que nos refleje la inutilidad de nuestras esperanzas ilusorias. Compartir nuestras emociones y pensamientos, nos ahorrará mucho sufrimiento.

Si alguna os reconocéis en esta fase, intentad distanciaros de esos pensamientos para catalogarlos como racionales, válidos, con sentido o por otro lado como ideas que están en nuestra mente y que intentan protegernos del miedo a ese cambio que nos viene. Son ideas autoengañosas en la mayoría de las situaciones.

En el próximo post, trataremos la fase de Rabia y Culpabilización al otro.

Si hasta ahora no queríamos aceptar la ruptura, en ella, ya se empieza a caer la venda autoprotectora y surgen otros pensamientos y emociones.

 

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Ana Olaizola

Psicóloga de la Asociación Española de Madres Separadas

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