El duelo afectivo. Fase de aceptación (V)

El duelo afectivo. Fase de aceptación (V)

Esta última fase se podría caracterizar por una mayor estabilidad emocional, por lo que no experimentamos tanto vaivén de sensaciones y sentimientos. Ya no luchas contra ellos, pero tampoco te arrastran.

También los pensamientos se calman. La centrifugadora mental pierde potencia y se ralentiza. Se empieza a producir una reorganización, teniendo en cuenta que, para ello, hay que haber soltado elementos que hacían imposible una organización adecuada.

No te aferras a ninguna idea de volver, la sueltas definitivamente. Dejas así espacio a otros pensamientos más reales y esperanzadores.

Solo se puede reconstruir de manera funcional si somos capaces de renunciar a ciertas personas, situaciones, relaciones, formas de vida. Sólo así podremos acceder a algo nuevo y mejor. Vaciar para llenar.

Es cuando ya dejamos de lado la esperanza de volver, recuperamos el control de la situación y asumimos por completo la responsabilidad de nuestra felicidad.

La felicidad no está fuera, en esa otra persona que añoro, en ese trabajo que quiero, en esa amistad, en esa ciudad, en ese estatus. Está dentro, de cada uno. Es la actitud con la que encaramos los acontecimientos; es la capacidad de vivir serenamente en el momento presente, habiendo aprendido del pasado y mirando con ilusión el futuro.

Podemos ver nuestra separación desde otro ángulo. Al tomar distancia temporal, física, y emocional, nuestro cerebro es capaz de analizar con más objetividad; por tanto, nuestros pensamientos son más realistas respecto a lo que ha sido nuestra relación y lo que significa el fin de esta.

Cuando nos salimos de escena, nos vemos a nosotros mismos de forma diferente a cuando estamos interactuando en vivo y en directo. Se nos caen las vendas, las corazas. Se desmontan nuestros personajes de víctimas, de sufridores, de salvadores, de culpables, de adictos al reconocimiento, a la seguridad, o a la aprobación.

Empezamos a conectar más con lo que realmente somos, con nuestra esencia; sin máscaras. Pero para ello hemos tenido que aprender a aceptarnos. Y aceptar significa, tanto valorar lo que sí nos agrada de nosotros mismos, como integrar, asumir, aquello que no nos gusta tanto pero que forma parte de nosotros. Hacemos un balance de aprendizaje y miramos hacia adelante.

Entra en juego el perdón (al otro y a uno mismo), el desapego (de esa persona, de ese rol, de la idea de continuidad, de lo conocido.), y la confianza (en nuestras capacidades, en la vida).

Entonces, eres capaz de pensar en tu expareja sin dolor. Puede que incluso seas capaz de saber del otro sin angustia ni ansiedad, rabia o tristeza. Puedes recordar, sin sufrir.

Es en este momento donde tú sientes que estás cansado de pasarlo mal y necesitas pasar página, seguir con tu vida. “Cansada de estar harta, ya me cansé”. Empiezas a coger impulso, desde ese mismo fondo que alguna vez te ha asustado tocar. Todo tiene un “para qué”.

Podemos experimentar nostalgia, pero no necesariamente echando de menos a nuestra anterior pareja sino las vivencias que compartiste con ella, la función que hacía, el escenario familiar, etc.

Empezamos a reconciliarnos con la soledad, a disfrutar de la única compañía de nosotros mismos. Ya no nos asusta tanto, incluso se convierte en un valor en alza, aunque a veces preferirás estar acompañado.

La diferencia es que no lo necesitas, no te obsesiona, simplemente lo prefieres, y no siempre. Pero no estás hundido, ni es porque no tienes ganas de hacer absolutamente nada. Simplemente decides consciente y libremente que te apetece, lo que más, quedarte tranquilo haciendo lo que te venga en gana. Tampoco necesitas imperiosamente salir si o si huyendo de la soledad.

También hay un cambio de foco. No te marca lo que el otro dice o hace, sino lo que tú decides hacer. Empiezas a entender y practicar que el otro no es más que un humano sin libro de instrucciones que intenta moverse en el mundo con sus propios recursos. Sólo es una persona como tú, llena de miedos y carencias que va sobreviviendo, cometiendo errores y aprendiendo. Exactamente como tú y como yo. Mira por él, actúa a su favor y no en contra de ti, como nos hemos planteado muchas veces. No somos su objetivo en negativo.

Cada uno es protagonista de su guion, y consciente o inconscientemente, actúa para favorecerse a él mismo.

Nuestro objetivo vital es vivir a nuestro favor y no en contra del otro. Así el rencor disminuye. Responsabilizar al otro de nuestro dolor, es absurdo y no es real.

El rencor y la ira son autodestructivas ya que producen el efecto contrario, dañando al que las siente y no al objetivo pensado. Es como beberme un traguito de veneno con la intención de que muera el otro.

Nuestras emociones, incluso las más dañinas son nuestras y son nuestra responsabilidad. Lo que nos hace sufrir no es la situación en sí, sino lo que pensamos y valoramos acerca de la misma.

Pero dicho esto, perdonar no es estar de acuerdo con sus actitudes, ni mantenerlos en nuestras vidas, ni dejar de poner límites, ni volver a creer en ellos, etc. Simplemente es seguir mi camino sin necesidad de pensar en el otro como el que me daña, y el que disfruta con mi dolor y por ello merece lo peor, una reprimenda, una venganza,

También es una buena etapa para hacer una revisión del papel que has tenido en otras relaciones, pero siempre desde el APRENDIZAJE Y nunca desde la CULPA.

Aceptar es conseguir el equilibrio para ser feliz con lo que nos toca vivir. Es encontrar la fórmula para ocuparnos sin preocuparnos, y para ver el lado positivo de la situación. Es comprender las cosas tal como son, y no cómo creemos que deberían ser o nos gustaría que fueran.

Aceptar es seguir luchando por aquello en lo que sí tenemos voz y voto, en lo que si depende de nosotros y dejar de lado aquello sobre lo que no tenemos control. “No invirtamos más a fondo perdido”. Porque hayamos pasado años con alguien no quiere decir que debemos pasar más tiempo para considerar que no perdemos o fracasamos. Perdemos el doble… Y dejamos de ganar.

Nos desapegamos de aquello que esperamos que ocurra, de lo que necesitamos que haga el otro, o de nuestra necesidad de que las cosas sean permanentes.

Aceptar no es olvidar. Es tener nuevos valores, prioridades, metas, personas, actividades. Tendemos a realizar cambios importantes: empleo, casa, amigos, aficiones diferentes. Comenzarás a trabajar tus metas y planes de los próximos años. No tienen que ser grandes cosas, pero si importantes para uno mismo. 

Integrar la pérdida significa encontrar una nueva perspectiva sobre la vida y disfrutar otra vez sin culpa ni dolor.

Aunque en los duelos, siempre hablamos de pérdidas, a mí me gusta hablar también de encuentros. Dejamos atrás personas, situaciones, pero nos encontramos a nosotros mismos y no sólo eso, si hemos sabido transitar correctamente este proceso, descubrimos un Yo reforzado y en crecimiento. Mi mejor versión. Pero esto lo abordaremos en la segunda parte del artículo.

Otro punto importante es vivir en el presente inmediato. Vivimos con el piloto automático, escapando al pasado y al futuro, sin dejar huevo para nuestro momento del AQUÍ y AHORA.

¿Cómo vamos a poder disfrutar de las cosas, si no somos conscientes muchas veces de que las hacemos?

ATRAPEMOS EL PRESENTE PARA QUE NO SE CONVIERTA EN PASADO SIN DARNOS CUENTA. SOLTEMOS LO VIVIDO, PARA PODER EXPERIMENTAR LO NUEVO QUE ESTÁ POR LLEGAR

¿DÓNDE VIVES TÚ? ¿VIVES EN EL PASADO (nostalgia, tristeza, rencor), EN EL FUTURO (ansiedad, miedo, inseguridad) O EN EL PRESENTE (aceptación, serenidad, confianza)?

Ana Olaizola Segués

(Psicología, Coaching, Gestión Emocional)

 

Lee los artículos anteriores sobre las fases del duelo emocional:

El duelo afectivo. Sus fases y algunos puntos a tener en cuenta (I)

El duelo afectivo. Etapa de NEGOCIACIÓN (II)

El duelo afectivo. Fase de rabia y culpabilización (III)

El duelo afectivo. Fase de tristeza (IV)

 

 

 

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Ana Olaizola

Psicóloga de la Asociación Española de Madres Separadas

Un comentario sobre “El duelo afectivo. Fase de aceptación (V)

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