Madres separadas: Tú estás loca

Madres separadas: Tú estás loca

En el año 2006 conocí al que hoy es mi ex pareja. Nunca llegamos a casarnos. Yo tenía 24 años y el 33. Era un chico cariñoso que me quería con locura y enseguida encandiló a la gente de mi entorno, excepto a una amiga que no acababa de gustarle demasiado y a mi madre, que le costó aceptarlo. Recelosa por la diferencia de edad y porque conocía cosas de su pasado que no le gustaban demasiado. Trabajo de noche, muchas relaciones y fracasos sentimentales a sus espaldas…

No, no era el tipo de persona que quería para su hija. Ahora la entiendo, claro, aunque ya es tarde para hablar con ella sobre ello. Murió unos meses antes de que me separase. Hay tantas cosas que me gustaría contarle… Sin embargo, a pesar de todo terminó también por conquistar su corazón y meses más tarde lo adoraba. Comía en mi casa todos lo domingos como uno más de la familia y mi madre empezó a estar feliz de ver cómo me trataba. Supongo que pensó como yo: todo el mundo tiene derecho a rectificar en esta vida. Todos tenemos un pasado. Su familia me aceptó desde el principio. Parecía que yo les caía bien, aunque después de todo, hoy creo que pensaron que sólo era una más de tantas. Otra más. Cuando comenzó nuestra historia yo me había tomado un año sabático en mis estudios, pero llegó el momento de volver y cuando retomé mi actividad y tuve que poner tierra de por medio entre nosotros. Eso no fue impedimento y nos veíamos con bastante frecuencia, por lo que no fue duro mantener nuestra relación a distancia. A veces me daba cuenta de que apenas le echaba de menos y en más de una ocasión me planteé dejarlo. Me veía muy joven y no estaba segura de querer una relación tan seria, pero él volvía, me encandilaba, me enamoraba de nuevo y me dejé llevar una y otra vez. Terminé mis estudios y dos meses más tarde me quedé embarazada de mi hija. En mi casa la noticia cayó como un jarro de agua fría, pero yo decidí apostar todas mis cartas por aquella relación y me fui a vivir con él. Alquilamos un piso. Nuestro piso. Él se encargaba de pagar el alquiler y los gastos y yo me ocupé de amueblar la casa, de decorarla, de todos los enseres, de las compras del día a día y como estaba de baja me dediqué a ser una ama de casa. Cuando mi hija nació y durante el primer año y medio de vida de la niña fue el padre perfecto. Había dejado la noche y tenía un trabajo de comercial que nos permitía llevar una vida familiar y compartir muchos momentos juntos. Teníamos vida social. Nos veíamos a menudo con mis amigos, venían a cenar mucha veces, íbamos muchísimo a casa de mis padres… Una vida normal. Éramos una familia, o eso creía yo. Cuando la niña tenía un año y medio me dijo que el trabajo de comercial no le iba demasiado bien y un amigo le ofrecía la posibilidad de emprender un nuevo negocio juntos. Un bar. Todo eran buenas palabras y yo no dudé ni un momento en darle mi apoyo. El negocio era en otro lugar y eso implicó mudarnos a otra casa. Decidimos comprarnos un piso con la ayuda de mis padres y ahí fue cuando cometí mi primer error. Pusimos el piso a nombre de los dos. Madres separadas Nos mudamos y él comenzó a trabajar en la reforma del local para poder abrir. No nos veíamos apenas. Se iba pronto por la mañana y no volvía hasta que la niña y yo ya estábamos dormidas. Le pedía explicaciones y me decía que había mucho trabajo por hacer, y me juraba que cuando abriese el bar todo cambiaría y tendría más tiempo libre para nosotras. Abrió el bar y todo cambio. Tal y como él había dicho, todo cambió, pero a peor… Apenas le veíamos y las pocas veces que eso sucedía era porque yo iba al bar con la niña. Económicamente se volvió un desastre. Mientras yo pagaba la hipoteca y me hacía cargo de todos los gastos de nuestra manutención y de los de la niña, él se ocuparía de la luz, el gas, el agua, la comunidad… Hasta que pasado un año nos cortaron la luz. Su respuesta al pedirle explicaciones fue que había sido un error de facturación de la compañía eléctrica y que no volvería a pasar. Para entonces yo ya estaba más que harta de aquella situación y me planteé por primera vez separarme, pero mi madre cayó enferma y me volqué en cuerpo y alma en mi hija, en mi madre y mi trabajo. Las presiones por su parte eran constantes,  hasta el punto de decirme que si le dejaba se suicidaría, que yo era la mujer de su vida, que iba a cambiar por mí, por nosotras… Le creí una vez más, estaba enamorada… ¡Qué idiota! Volví a quedarme embarazada. Embarazada, con mi hija aún pequeña, mi madre enferma, el trabajo, la casa… Y él en el bar. Sus ausencias eran cada vez mayores. Siempre llegaba tarde con ese olor característico del alcohol impregnado en la ropa. Pronto llegaron los días en los que ni siquiera venía a dormir. Llegados a este punto él ya había comenzado a aislarme de mis amigos hasta el extremo de hacerme pensar que eran lo peor del mundo y que estaba mejor así, sin ellos. Comencé a recibir llamadas anónimas que me decían que la camarera que trabajaba con él estaba embarazada y que él era el padre de ese bebé. Hasta en 4 ocasiones recibí esas llamadas. Siempre una voz de mujer. Le pedí explicaciones y aún hoy sus palabras retumban en mi cabeza…

Tú estás loca como tu madre y tu familia. Eres patética. Déjame en paz, seguro que es una de tus amiguitas la que llama queriendo malmeter en nuestra vida. Tus amigos no me soportan, ni siquiera aparecen por el bar, quieren que fracase con mi negocio”.

(A la enfermedad física de mi madre se le unía una gran depresión que agravaba su estado… De ahí sus crueles palabras)

Yo me sentía mal. Mi estado anímico estaba por los suelos y yo sólo sentía que era una pelele, una marioneta a su merced. Y así pasé mi segundo embarazo… Sola. Ni siquiera fue capaz de acompañarme a ninguna ecografía ni a nada que tuviese que ver con el embarazo… Me sentía cada vez más hundida. El estado de salud de mi madre era cada vez más grave y una mañana, estando ya embarazada de 8 meses recibí la llamada que tanto temía recibir. Mi madre estaba en estado muy grave… Para mi sorpresa él decidió acompañarme al hospital, y por fin empecé a creer que tenía sentimientos. Me equivocaba. Antes de entrar al hospital me dijo que quería tomar un café, que no entendía la prisa… Yo no daba crédito, no podía ser tan frío. Le grité, le increpé ¿Mi madre se moría y él necesitaba un café? “¿Ves como estas loca?” me dijo. Cuando llegué al hospital mi madre había sufrido varias paradas cardiorrespiratorias. Yo me quería morir, estaba en una nube. Ella murió y toda mi familia muere un poco ese día. El pilar más importante de nuestras vidas se fue. Cuando una madre muere es algo atroz, es imposible describirlo… Entré a despedirme de ella y por un momento pensé que me acompañaría en ese momento, por mi estado, por mi hijo, nuestro hijo. Pero su trabajo lo hicieron unas enfermeras increíbles que no se separaron de mi lado. No las conocía de nada, pero sentí más calor que si hubiese sido él la persona que me sostuviera. Fueron días horribles que nuevamente volví a enfrentar en soledad. Ni un abrazo, ni su cercanía, ni una mano con la que sostenerme en esos momentos. Gracias a mi familia y amigos que no me dejaron un minuto. Ésos mismos de los que yo me había separado y había ignorado. Ésos, todos ellos estaban ahí, sin pedir nada a cambio. Sólo por amor hacia mi familia y hacia mí. Pero, ¿qué esperar de alguien que se va a pegar esquelas y dos horas más tarde vuelve a casa con su particular olor a alcohol? Enseguida llegó Navidad. Yo había estado enferma y me dejaron ingresada dado mi avanzado estado de gestación. Pero ese día, el día de Nochebuena pedí el alta voluntaria. Necesitaba pasar ese día con mi hija. Fue una noche muy especial. Llena de magia, hasta que llego él. Las continuas visitas al baño, sus ojos y su rostro desencajados… Yo no entendía nada,  ¿era la única que se daba cuenta de lo que ocurría? Aquella noche la niña se quedó a dormir con mi familia y yo volví a casa con él. Pasamos por la zona de bares y me planteó quedarnos a tomar unas copas, le apetecía mucho me decía. Embarazada y convaleciente,  el duro golpe de la pérdida de mi madre… Le dije que se quedara él,  yo sólo quería ir a mí casa. Su respuesta fue la que ya venía siendo habitual “Sólo te he preguntado. Estás loca como tu madre”. Aquella noche no conseguí dormir. No me sentía bien y al día siguiente ingresé nuevamente en el hospital. No apareció hasta casi entrada la noche para traerme algo de ropa y material de aseo… Pretendía quedarse a dormir, pero le disuadí. Realmente no quería que estuviera allí después de lo ocurrido la noche anterior. No me sentía cómoda con él allí. De madrugada recibí un mensaje suyo cuando volvía de una de sus juergas diciéndome que me quería mucho y que cómo estaba… No respondí aquel mensaje.  Empezaba a estar cansada de la situación. Estaba harta. Tres semanas más tarde nació mi hijo. Un niño sano, precioso, grandote y rubio,… Un ángel,  mi ángel. Sus primeras palabras hacia mí cuando me dieron al niño fueron “Qué vergüenza he pasado. Cada vez que empujabas para que saliese el niño te cagabas. Qué vergüenza“. En ese momento tenía a mi niño y era tan feliz que me daba igual lo que ese hombre me pudiese decir. La primera noche que estuve en el hospital la pasé sola con mi hijo. No sé dónde se metió y realmente no me importaba… La segunda noche la pasó en el sillón contiguo a mí cama. Pero no por estar junto a nosotros, sino durmiendo la resaca de la noche anterior. Ni siquiera fue capaz de escuchar a su hijo llorar en toda la noche. Volvimos a casa y retomamos nuestra vida de antes, yo cada vez más atareada con dos niños y él en el bar cada vez más tiempo. Cuando entraba por la puerta de casa siempre venía gritando, dando portazos y claramente bajo los efectos de las drogas. Le pedía por favor que controlase su efusividad, no por mí, sino por el bebé, pero la historia se repetía a diario. Pocos meses después recibí una carta de la Seguridad social en la que me comunicaban que me embargaban la casa porque él no había pagado las cuotas de autónomos. No podía ser cierto. Como en ocasiones anteriores me dijo que no me preocupara, que estaba todo arreglado y que el embargo no se llevaría a cabo. Otra mentira más. Una más. Un plazo de 15 días para hacer efectivo el pago de la deuda o perdería la casa. Es mi hermano quien hace frente al pago ya que en su familia no quieren saber nada del asunto. Probablemente no era la primera vez que se encontraba en esa tesitura. Ése fue el detonante de algo que yo ya llevaba tiempo valorando en mi interior. Contacté con una abogada para poner fin a aquella situación que ya no podía sostenerse de ninguna manera. Su primera reacción fue defensiva y después dio paso a las lágrimas y a su discurso de siempre…

Si me dejas me quito la vida… 

No quiero perderte…

Vas a destrozar una familia… 

Tus hijos te odiarán por ello…

Idiota de mi… Otra oportunidad. Una vez más. Fue entonces cuando por fin dejó el bar y yo pensé que realmente podríamos empezar de nuevo. De cero. Como una familia normal. Por fin encontró un trabajo, pero las ausencias son las que marcaban nuestro día a día. Siempre había excusas para salir, una gestión que hacer, un motivo para no estar. Al menos estaría pagando las facturas, pensaba yo ilusa de mí. Un día eché de menos la hucha de mi hija, ¡nuestra hija! 400€ se llevó y como siempre las explicaciones eran vacías y sin argumento. Los responsables siempre eran otros, nunca él. Llegó a enfrentarme con algunos miembros de su familia diciendo que yo les acusaba de haber cogido ese dinero. Cuando le reprendí, recibí la respuesta a la que ya estaba empezando a acostumbrarme… “Estás loca”. Aquella fue por fin la definitiva y le eché de casa. Ya no había vuelta atrás y puse en marcha la demanda de separación. Fue entonces cuando comencé a descubrir toda la realidad que me rodeaba y de la cual era totalmente ajena. En qué se gastaba todo el dinero y su fiel relación con el alcohol y la cocaína. Las continuas estafas del bar, los impagos de las facturas,… Deudas y gastos por todas partes que ascendían a más de 5000€ y que yo no podía afrontar, por lo que me tocó pedir ayuda a mi padre. Le tendí mi mano una vez más y le ofrecí mi ayuda dispuesta a ayudarle a superar sus adicciones. Pero yo estaba loca. Fue terrible vivir ese proceso e ir dándome cuenta de la mentira que había estado viviendo. Empecé a recibir amenazas por parte de su camello, y realmente comienzo a tener por mis hijos. Él no se quedó atrás y se atrevió a intentar amedrentar a mi familia y amigos. En aquella época recibí un empujón a la salida del colegio de mi hija por su parte. Sentí miedo,  terror por mis hijos. Tras diez largos meses de espera ya hay una sentencia judicial provisional con un régimen de visitas estándar. Ahora sólo me queda esperar la sentencia definitiva y el resultado de la prueba toxicológica que mi abogada solicitó y que el juez concedió después de las medidas provisionales. Estoy muy orgullosa de mí por salir de donde he salido. No me creo en absoluto especial y de hecho muchas veces me ronda el sentimiento de que no valgo nada. Ha sido mucho el daño psicológico que me ha hecho, pero estoy segura de que me recuperaré. Se aguanta mucho por amor y se perdonan cosas difíciles de creer para quien no ha vivido una situación similar. Ahora he de aprender a quererme a mí misma y a perdonarme el hecho de no haber actuado antes por el bien de mis hijos.

3 comentarios sobre “Madres separadas: Tú estás loca

  1. Me he emocionado… Las drogas anulan a las personas…el problema es que hoy es día cada vez “se quitan” menos… La cocaína destroza la mente… La personalidad propia desaparece! Y suelen tener un patrón bastante parecido todos los que la consumen…
    Lo más impactante para mi son los peques… Lo que tienen que vivir… Pero bueno, a mi entender la más afectada (dada la corta edad de tus peques) eres tu, y por ello tienes que ver atrás solo para coger impulso, aprender y transmitir lo mejor a tus peques, luchar por ti y por ellxs!
    Ánimo y perseverancia con tu nueva vida! Que seas muy feliz!

  2. Claro que eres especial. Eres valiente. Te espera el resto de tu vida para volar. Expresate, saca lo mejor de ti. Brilla y despliega tu belleza. Es primavera en tu vida. Ya no llevas la carga. Eres libre. Confía en ti. Tus hijos son tus maestros. Vive el presente.

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