Yo soy esa. Yo soy la otra.

Yo soy esa. Yo soy la otra.

Hace sol, el parque está rebosante de peques y tres son “nuestras”. Quién iba a decirme a mí hace poco más de un año que hoy estaría aquí, sentada junto a él, comiendo unas chucherías a más de cuatrocientos kilómetros de mi hogar, de mi familia y de mi mundo, mientras nuestras niñas corren y saltan felices deslizándose por toboganes, trepando por cuerdas o balanceándose en un columpio.

Hoy hago memoria y recuerdo esas primeras conversaciones por WhatsApp, esas llamadas interminables a altas horas de la madrugada aprovechando que ellas dormían, el intercambio de fotos familiares, esa sonrisa tonta que afloraba en mi rostro cuando veía un nuevo mensaje suyo, los nervios y las miradas al reloj sabiendo que apenas quedaban cinco minutos para verle. Las semanas que se hacían eternas porque la distancia duele e importa. Las sonrisas, los reencuentros, las vivencias juntos…

Ahora lo veo con perspectiva y aunque hay muchas luces, también hubo sombras, el camino no fue fácil y aún queda mucho por superar, mucho que luchar y mucho que aprender.

Echo la mirada atrás y soy consciente de que conocí a la ex mujer de quien hoy es mi pareja antes incluso que a él. De eso hace ya muchos años. Siempre me cayó bien, era divertida, risueña y siempre dispuesta a animar las reuniones. Pero el tiempo y las cosas de la vida hicieron que perdiésemos el contacto. Todos hicimos nuestras vidas, ellos tuvieron una hija juntos, y parecían una pareja feliz y normal. Yo también me casé y nacieron mis dos tesoros. Pero la cosa no funcionó y él decidió marcharse dejándome sola con ellas.

Me hizo un favor, aunque en ese momento no lo supiera (y es que dejarte sola sin trabajo y con dos bebés no es la situación más idónea), aunque aprendí a valorarme, me reencontré conmigo misma, me convertí en una mujer fuerte, independiente y capaz, mucho mejor que antaño y a años luz de la mujer que era. Tenía una vida plena, feliz y completa. En mis planes la palabra “amor” no existía, no la necesitaba y era feliz así.

Cuan irónica es la vida que nos une con quien menos esperamos y nos aleja de quien menos sospechamos. Su relación también hizo aguas y circunstancias de la vida, la casualidad me unió a él, a tu ex marido, y aunque entendí que al conocer nuestra relación decidieses alejarte, lo que nunca comprendí es por qué tomaste la determinación de hacernos tanto daño, por qué llenabas de calumnias el pueblo, por qué intentaste recuperar su corazón a sabiendas de que fuiste tú la que lo dejaste marchar y por qué usaste a tu hija como “arma arrojadiza” contra nosotros, sin ni siquiera valorar que el daño se lo hacías a ella.

Desde el colegio te enseñan que todo tiene un por qué, las jirafas tienen el cuello largo para comerse las hojas de las ramas superiores, la leona no tiene melena para que no se le enrede en los arbustos al cazar, pero tu actitud nunca tuvo razón de ser.

Cada día que vamos a llevar a la peque a tu casa y nos recibes con esa sonrisa, te sonrió y te hablo con educación, la misma que tuve cuando te dedicaste a propagar rumores sobre mí, esos rumores que tanto daño me hicieron, esos en los cuales decías que yo había roto tu familia, cuando llevabais separados ya más de tres meses, esos que me tachaban de aprovechada y de disfrutar de lo que era tuyo, a pesar de que él se marcho de vuestra casa solo con su ropa.

Hola, te suelo responder cuando nos cruzamos en la puerta del colegio mientras tú llevas a tu hija y yo a las mías. Un hola que no te retiré cuando decidiste recuperar “lo que era tuyo”, a pesar de que fueras tú quien lo abandonara, al que cambiaste por otro estando casados, pero… para ti siempre sería “tuyo”, ¿verdad? y te esforzarte en recuperarlo, utilizando todo tipo de armas para lograrlo, o incluso dándole consejos para que me dejara “porque las relaciones a distancia nunca funcionan”, “porque yo era una niñata y solo era un capricho”, “porque yo solo quería aprovecharme de él”, “porque tú eras su familia”, “porque esa niña tenía que criarse con un padre y una madre” y sabiendo su punto débil no dudaste, porque sabías dónde le dolía.

Aún recuerdo el día que esa niña de siete años llorando le dijo a su padre “Mamá dice que si ella se va, volveremos a estar juntos, tú, mamá y yo”. Ese día él lloró, lloró con la desesperación que lo hace un niño pequeño, porque nunca creyó que pudieses llegar a ser capaz de algo así. Usarla a ella sin ningún pudor, y a pesar de eso nunca te retiramos la palabra.

Y los “te quiero”, esos “te quiero” que tu hija me regalaba, cuando hacíamos cosas juntas, cuando íbamos al cine o de compras, cuando veíamos una película en la televisión los tres o los cinco, cuando jugábamos en el agua o en la playa. Esos “te quiero” que tú me robaste, y digo bien… ¡Me robaste! Me los arrebataste ese día en el que ella te contaba entusiasmada cómo su padre y yo la habíamos llevado a patinar sobre hielo, ese día tus celos y tú ego no te dejaron ver que por encima de eso estaba la felicidad de tu hija, y la pisoteaste sin titubear.

Hoy en día sigo sin entender tus razones ¿Por qué lo hiciste? ¿Lo hiciste porque la veías feliz conmigo y eso te dolía?, ¿Quizás pensaste que iba a quitártela?, ¿Creías que iba a sustituirte?, ¿Qué sería su nueva madre? Si me hubieses preguntado, con gusto te hubiera dicho que “no”, un no rotundo, yo no quería ser su madre, no quería ni pretendía sustituirte, tan solo quería quererla, cuidarla, disfrutar con ella y hacerla feliz, porque solo era una niña, una víctima de esta situación, alguien que necesitaba cariño y protección.

Me gustaría creer que ni siquiera pensaste en lo que hacías, que no evaluaste los riesgos y las consecuencias. Que desconocías el daño real que podías hacerle a ella. El día que le diste a elegir “Si quieres a mamá no puedes quererla a ella” y esa pequeña niña que quería a su madre, pero también a la pareja de su padre, se sintió dividida y te eligió, porque te quería, porque era tu hija, porque eras su madre y eso le hizo daño. Se volvió triste, tenía miedo de disfrutar con nosotros, de reír, de jugar, de divertirse. Sentía que si lo hacía te estaba fallando y sufría. Y su mirada se volvió gris.

Ha pasado el tiempo y poco a poco he recuperado los “te quiero”, los besos y las sonrisas, pero aún queda camino por recorrer, porque tu sombra es alargada y la custodia compartida a veces en este sentido no facilita las cosas.

Ha pasado el tiempo, nos sonreímos, nos saludamos y nos hablamos, pero duele, aún duele y quizás siga doliendo, porque aún estoy aprendiendo y debo encajar que ahora formas parte de mi familia, sin que nadie te haya invitado. Que estarás presente durante muchos años, y que en cualquier momento puedes enfadarte, sentir celos o envidia y volver a arremeter contra nosotros, MI FAMILIA. Pero sin duda he aprendido algo, y es que solo tienes el poder que yo quiera darte, ya no me importan tus rumores y tus intentos vanos de romper mi familia, ya no tienes ese poder.

Y sigo aquí, sentada junto a él en el mismo parque, y me siento feliz. Feliz por habernos reencontrado, disfrutando de las cosas más sencillas de la vida, por saber que hago todo de la mejor forma que sé, con la conciencia en paz. Feliz al saber que mis hijas son felices y sobre todo feliz por saber, muy a tu pesar, que él y ella ahora, por fin, también lo son.

Un comentario sobre “Yo soy esa. Yo soy la otra.

  1. Que bonito relato de una dura realidad…, me siento tan identifica…, ojalá los niños puedan ser niños de verdad y los adultos se comporten como lo que son adultos responsables .

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